Algo pesado corría sobre el techo de la casa (cuento)

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José J. Guzmán 20 Junio 2025 15:21
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Guiada por su intuición, Lupita decidió volver al pueblo donde una vez fue niña. Tenía la corazonada de que para liberarse, ahora de adulta, de la persecución del Güin, debía confrontarlo cara a cara. Resolvió hacerlo porque tres veces un sueño recurrente la atormentó en noches imprevisibles. En ese mundo onírico, revivía la madrugada del velorio de su abuela. Tenía apenas cuatro años y su madre la acostó en la cama de la habitación donde, horas antes, la pariente que ahora le parecía tan lejana había dejado el plano terrenal. A un lado, en la sala, un grupo de señoras rezaban un rosario de cuerpo presente que poco a poco la sumió en un húmedo letargo. Ya estando en el estado de duermevela, entre la vigilia y el sueño, un extraño animal levantó la lámina de zinc del cuarto y la observó con sus ojos enormes.

La intuición no era nada nuevo para ella; era, en realidad, su fiel compañera de vida. Como psicoterapeuta, se había inclinado al estudio de la metafísica como una terapia personal y de autoconocimiento para tratar los dolores emocionales de sus pacientes. Confiaba en su intuición más que en lo aprendido en las aulas, incluso más de lo que había aprendido leyendo a Freud, a Jung y a Adler. Sin necesidad de ver el reloj, su intuición le dictaba la hora exacta del día, sabía de qué iba a tratar esa llamada que entraba entre sesiones, cuál era el diagnóstico de su paciente, cuál su dolor espiritual y cuál el tratamiento, todo sin necesidad de usar el intelecto.

Sí, era apenas una niña cuando el Güin se le apareció. Recordaba ese mes de marzo. Su madre la sacó de la escuela entre llantos, jalandola del brazo y gritando: ≪¡Está muerta, está muerta, tu abuela está muerta!≫. Luego, tenía imágenes del trayecto en el bus de parrilla; de su madre dándole un manojo de flores para que las pusiera en sus rodillas mientras emprendían el viaje a la costa sur de Guatemala. 

Cuando llegaron al pueblo, que sólo visitaban para la noche de Nochevieja, los familiares y conocidos ya estaban reunidos envueltos en el sopor del velorio. Recordaba las calles de tierra, el centro del poblado donde se vendían huevos de iguana, el tanque de agua donde las señoras lavaban, y a su par, la gran casa de madera de su abuela, el cuerpo en el féretro, las enormes velas de muerto que intensificaban los calores nocturnos y humanos, y la gigantesca carpa instalada en la calle donde las sillas se amontonaban, sin ningún orden específico, esperando más dolientes.

Fue también la primera vez que, quizá, su intuición la visitó, porque mientras la oscuridad avanzaba, supo que el velorio no terminaría pronto y que toda esa gente amanecería allí contando anécdotas y chistes sobre la fallecida hasta que fuera hora de irse al camposanto. Fue entonces cuando le dijo a su madre que estaba cansada, y ella la acomodó en la cama donde su abuela había fallecido esa misma mañana de marzo. La niña se quedó medio dormida, protegida por un mosquitero, mientras sudaba la mala hora previa a su desgracia.

Cuando empezó a entrar en el estado de duermevela, sucedió:

Escuchó cómo algo pesado corría, a gran velocidad, sobre el techo de la casa. Era muy rápido, en verdad era veloz y pesado. Al abrir los ojos, descubrió cómo las láminas se doblaban por la gravedad de lo que sucedía arriba. Era un sonido que, supo, no era de este mundo, porque le provocaba una sensación extraña de no pertenecer, por un momento, a la realidad. La presencia de esa cosa era tan fuerte que pensó que caería en la habitación. Pero, al contrario, hubo un silencio pasajero que la estremeció antes de la fatalidad: a los pocos segundos, una mano peluda, de humano pero con garras de perro, levantó la lámina aflojando los clavos de la madera donde se sostenía, y vio a un perro grande, viejo y babeante, mirándola con sus ojos rojos y puntiagudos mientras le ofrecía una sonrisa gigantesca que dejaba ver sus colmillos.

Lupita salió corriendo del cuarto y, al pasar, volcó una candela. Las rezadoras parecían ajenas a lo que había ocurrido hasta cuando ya estaba sucediendo lo fatal. El vestido de encaje que llevaba pronto agarró las llamas, y su cuerpo se vio envuelto en fuego, quemándole la pierna derecha y dejándole una cicatriz para siempre, un morado que creció con ella, hasta ahora, en el año de sus 33 años.

≪¡Me asustó!≫, gritaba entre el fuego. ≪¡Me asustó!, ¡hay un animal en ese cuarto!≫, decía, mientras las rezadoras intentaban quitarle el vestido e iban corriendo por agua al tanque público al lado de la casa.

Si algo recordaba muy bien, ahora que regresaba al pueblo, era la certeza de que una quemadura duele más cuando sucede en la costa. Se había quemado muchas veces en la vida, pero ninguna le dolió tanto como aquella noche y en los días siguientes, durante las novenas, cuando tenía que meter la pierna al tanque para sentir un poco de alivio.

Aún no había amanecido cuando le aplicaron ungüento, y esta vez su madre decidió acompañarla en la cama para que pudiera dormir unos momentos. Sin embargo, no pudo. El ardor era insoportable. Observaba entre las ranuras de las tablas de las paredes de madera a los hombres del velorio, sentados en las sillas, con las camisetas levantadas sobre el ombligo, abanicándose y tomando cerveza. ≪Se le apareció el Güin a la pequeña≫, decía uno.

Y fue esa misma madrugada, en la que la pasó asustada y delirante por el dolor que escuchó la historia entre las conversaciones de los señores, que a cualquiera le hubieran parecido murmullos, a todos, menos a ella:

—El Güin es un hombre malo que tiene la capacidad de convertirse en perro a voluntad. Se sube a los techos de las casas para causar alboroto y se roba a las gallinas.

Escuchó que había que atraparlo y azotarlo para que dejara de hacer alboroto; escuchó, también, que una vez castigado se convertía en hombre y salía huyendo, aunque siempre regresaba por temporadas.

Aquel pasaje de su infancia desapareció en de su vida, hasta cuando, exhausta después de atender a su último paciente un viernes por la noche, regresó a su casa en la ciudad y se quedó profundamente dormida en el sillón mientras veía una película. Ese episodio de sus cuatro años, volvió en sueños por tres veces.

Los ojos estaban presentes, imborrables cada noche en los que el proceso de alienación se instauró en su alma, hasta hacerle perder la virtud de estar en medio de las coordenadas de la tierra. Dejó de atender en el consultorio una semana antes de haber esperando a que llegara la genuina inspiración de la intuición. A que le dictara lo que debía hacer, y de hecho, fue su fe en ella la que le dijo que debía regresar al pueblo donde una vez fue niña, al cual no había vuelto desde hace una década, cuando su madre falleció. Regresaría a la vieja casa de su abuela que recibió como herencia, y dormir en la misma cama, que seguramente permanecía intacta, encapsulando el tiempo de otras eras, para intentar, por fin, quedarse dormida y, en medio del estado de duermevela, volver a tener contacto con él.

Pero, en efecto, ya era otro tiempo y otro pueblo. Las casas de madera y lámina se habían cambiado por casas de block con terraza, y en lugar de tiendas y cantinas alumbradas al anochecer con velas y focos amarillos, ahora había locales de ventas de cosas pirateadas, ropa americana y artículos de plástico que la alejaban del recuerdo nostálgico de su infancia. Pero había algo extraño, demasiado extraño: los locales, aunque abiertos, estaban vacíos. Las calles estaban vacías, y un maldito aroma le recordaba la presencia de la muerte, ese olor que sus pacientes suicidas llevaban cuando ambos sabían que sería la última vez que se verían, y que la terapia no había funcionado, no porque su intuición fallara, sino porque en verdad ya no había nada que hacer.

Recorrió las mismas calles hasta llegar al centro de la ciudad, donde las luces de neón de feria de dos o tres casetas esperaban a sus dueños como si aquello fuera un pueblo fantasma. Tenía sed, pero nadie servía la horchata; tenía calor, y la humedad de las cuatro de la tarde le golpeaba la cara con un tierno beso que la envolvía en el sudor de una aventura que le parecía extraña. ≪Seguiré soñando≫, dijo, pero el golpe de la realidad activó el mecanismo de su consciencia cuando apareció un grupo de niños descalzos saliendo de entre las champas improvisadas del mercado municipal, corriendo y tratando de desenredar una soga. ≪Apresurémonos≫, dijo uno de ellos, y ella corrió tras ellos para preguntarles dónde estaban los demás.

—Es que lo agarraron —dijo otro—, agarraron al ladrón de gallinas.

—Lo quieren amarrar a un poste en el campo de fútbol —gritó a la distancia el más pequeño.

Lupita supo entonces que el encuentro estaba cerca. No se había equivocado: algo estaba ocurriendo en este pueblo, y ella había regresado para rendir cuentas, para saber, por fin, y conocer la forma humana de quien la llamaba en sueños.

Persiguió a los niños hasta llegar al campo de fútbol, y encontró a la multitud en círculo y en el centro reconoció una figura humana demacrada, golpeada, y con la boca empapada en sangre, pidiendo perdón.

El bullicio era ensordecedor, pero se distinguían las constantes palabras ≪ladrón, ladrón, ladrón≫. Mientras Lupita se abría paso entre la multitud, sintió cómo la mirada de alguien conocido se posaba en ella.

Lupita avanzaba entre la muchedumbre con firmeza, sintiendo que cada paso la acercaba no solo a su destino físico, sino a una culminación inevitable. Algo en su interior parecía estar ajustando cuentas, y gracias a sus estudios de metafísica, comprendía que el universo estaba alineándose justo para este momento.

Al llegar al frente de la multitud, lo vio. No hubo dudas en ella. Estaba sentado y hundido en las alucinaciones de sus golpes. Aquellos ojos inyectados en sangre eran los mismos que la miraron cuando era una niña. Lupita se sintió libre, inspirada, completamente humana. Con voz clara y firme, señaló: ≪Él fue... él fue...≫, mientras se bajaba el pantalón beige, mostrando la quemadura que aún marcaba su piel. ≪Hay que prenderle fuego por lo que me hizo≫, sentenció.

La turba, como movida por el instinto primitivo, desechó la idea de amarrarlo a un poste y roció gasolina sobre el hombre. Uno de los ancianos, con su autoridad sobre las cosas del pueblo, fue quien le prendió fuego con un mechero. El ladrón, envuelto en llamas, corrió por todo el campo de fútbol, gritando de dolor, tratando con fuerza humana, pero también sin esperanza, arrancar su carne mientras su cuerpo ardía. Los minutos transcurrieron lentamente, hasta que su figura, envuelta en el umbral entre lo vivo y lo muerto, colapsó en el centro del campo. Lo que quedó de él no era más que un pedazo de carbón. El olor le recordó a Lupita el de su propio vestido quemado tantos años atrás.

La multitud se dispersó sin hacerle preguntas, como si el acto de justicia fuera tan natural que no necesita explicación. Nadie parecía reconocerla, y ella ya no conocía a nadie. Sintiéndose invadida por la nostalgia, decidió regresar a la casa de su abuela.

En una banqueta, una vecina anciana, flaca y encorvada estaba sentada recibiendo el último rayo de sol del día. La última vez que Lupita la vio, era una señora de apenas 50 años muy gorda. Fue la única que la reconoció: 

—Vaya, que vino a ver su casita —dijo la mujer, mientras la noche empezaba a caer—. Hoy quemaron a un loco.

—Lo sé, lo fui a ver. Me hizo tanto daño —respondió Lupita.

—¿Acaso lo conocía?

—Demasiado bien —dijo entre un suspiro aliviado.

Exhausta, entró en la casa y descubrió que todo seguía igual. Las fotos familiares, los recuerdos de viajes a la costa, el calor envolvente de tiempos pasados y sobre todo la lámina abollada del cuarto de su abuela, y la cama en la que cayó rendida, finalmente libre del espasmo de su infancia. Mientras se estaba quedando dormida, algo pesado comenzó a correr sobre las láminas del techo. Atemorizada, Lupita se cubrió la cara con las sábanas, incapaz de reunir el valor para mirar.

Al día siguiente, con la luz del amanecer, decidió ir al tanque público a lavarse la cara. Allí, vio una colonia de gatos paseando por el lugar y bebiendo del tanque. La vecina se le acercó y le dijo:

—Vaya, que vino a ver su casita, tengo muchas cosas que decirle. Sus láminas ya están muy viejas, es por los gatos. Pasan por el tejado para venir a tomar agua al tanque.

De pronto, todo cobró sentido. A Lupita nunca se le apareció Güin cuando era niña. Lo que vio fue un gato que transitaba por el tejado para llegar al tanque. Su mente infantil, escuchando las historias de los hombres sobre el Güin, transformó al inocente gato que la vio asustado entre las grietas en el monstruo que la aterrorizó durante los sueños.

Pero lo más cruel fue darse cuenta de que aquel ladrón de gallinas, castigado, pero que quizá no merecía morir, había sido quemado vivo por su culpa. La cicatriz que ella mostró no había sido infligida por él, sino por una historia que, ahora lo entendía, su mente de niña había malinterpretado. Entendió que su abuela estaba muerta, su madre estaba muerta, sencillamente muertas, y que los tres sueños, solo habían sido eso, sueños.

Comprendió, entre su desdicha, que su intuición la había traicionado.

SEGUNDO LUGAR EN CUENTO CORTO, CERTAMEN DE LITERATURA, ARTE Y CULTURA GUATEPAZ 2024.


 


José J. Guzmán

José J. Guzmán (Quetzaltenango, 1993). Licenciado en Comunicación Social. Más de 10 años de experiencia en medios de comunicación. Tiene un libro de poemas publicados: “La Escena Absoluta” (2012).


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OpiniónLiteratura

La Voz Cup 2026: el deporte como espacio de convivencia

Nos hemos propuesto convertir este torneo en una plataforma de exposición para los equipos, jugadores, patrocinadores y marcas que creen en el deporte.

César Pérez Méndez 4 Noviembre 2026 17:33
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El deporte tiene una capacidad extraordinaria para unir a las personas, generar oportunidades y construir comunidad. Bajo esa visión, desde La Voz de Xela impulsamos la segunda edición de La Voz Cup 2026, un proyecto que nos llena de entusiasmo y orgullo, porque representa mucho más que una competencia deportiva.

Desde anoche, 16 equipos de futbol 7 comenzaron a disputar este torneo, que se extenderá hasta diciembre. Se trata de una iniciativa que apuesta por una organización profesional, una experiencia deportiva diferente y, sobretodo, por generar espacios de convivencia pacífica alrededor del deporte sano.

Creemos que el futbol es una herramienta poderosa para promover valores como la disciplina, el respeto, el trabajo en equipo, la perseverancia y la sana competencia. También es una oportunidad para fomentar la actividad física, cuidar la salud y ofrecer entretenimiento a las familias y a la comunidad.

La Voz Cup tiene, además, un componente innovador: la comunicación deportiva. Nos hemos propuesto convertir este torneo en una plataforma de exposición para los equipos, jugadores, patrocinadores y marcas que creen en el deporte. Es el primer torneo local de futbol 7 que cuenta con transmisiones en vivo de alcance masivo, a través de las plataformas digitales.

Este esfuerzo es posible gracias al respaldo de Banco G&T Continental, Kern’s, SporTown Xela y Altos de Santa Rita. Mi reconocimiento a nuestros aliados por creer en esta iniciativa. También felicito a Miguel Pérez, quien coordina el proyecto, y a todo el equipo de producción y de La Voz de Xela Sports. Las transmisiones cuentan con la producción de Jacobo de Paz, la narración de Edwin Alonzo y los comentarios de Orlando Luarca.

Es satisfactorio ver cómo una idea se convierte en un proyecto que moviliza personas, equipos, talento y voluntades. Eso también es hacer periodismo: crear espacios que aporten a la sociedad.
Invito a seguir cada encuentro en vivo por Facebook y YouTube de La Voz de Xela. La programación y los resultados estarán disponibles en nuestras plataformas.

Porque cuando el deporte se organiza, se comunica y se impulsa, gana toda la comunidad.


César Pérez Méndez

Licenciado en Ciencias de la Comunicación (Usac), con tres maestrías en diferentes campos y Doctor en Investigación en Educación (Usac). CEO de La Voz de Xela, profesor universitario y conferencista.


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OpiniónLa Voz Cup

La ética no es un discurso

La calidad de una institución no se mide solamente por lo que consigue, sino también por cómo trata a las personas.

Luis Felipe Polo 3 Noviembre 2026 08:48
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Hay una gran diferencia entre tener autoridad y merecer respeto. La primera puede llegar con un nombramiento o una posición jerárquica. El segundo se construye con nuestras decisiones, nuestra conducta y, sobre todo, con la manera en que tratamos a los demás. A veces confundimos el liderazgo con la imagen que algunos tienen de sí mismos. No basta con llegar a una reunión exhibiendo una tacita de café que proclama “El mejor jefe del mundo”, pareciendo gracioso, pero cuando esa imagen contrasta con la arrogancia, la falta de escucha o la incapacidad de reconocer errores, se convierte en una contradicción. El liderazgo no se proclama; se demuestra.

Algo parecido sucede con las instituciones. Muchas hablan de ética, transparencia, respeto y responsabilidad, pero esos principios pierden sentido cuando una pregunta legítima recibe como respuesta el silencio o la evasión. Es cierto que a veces no hay respuestas inmediatas, pero existe una gran diferencia entre reconocer honestamente que algo debe investigarse y dejar a una persona sin explicación ni orientación. La incertidumbre también tiene consecuencias humanas.

La ética se pone a prueba precisamente en esos momentos: cuando escuchar resulta incómodo, cuando debemos reconocer un error o cuando nuestras decisiones afectan a otras personas. Cumplir procedimientos no siempre significa actuar con justicia, así como alcanzar buenos resultados económicos tampoco garantiza una conducta moralmente responsable.

Las organizaciones necesitan eficiencia, disciplina y resultados, pero también humanidad. La calidad de una institución no se mide solamente por lo que consigue, sino también por cómo trata a las personas. Cuando todo se reduce a rentabilidad y resultados, corremos el riesgo de olvidar lo esencial: la integridad y la dignidad humana. Los balances pueden reflejar grandes ganancias, pero jamás podrán justificar la pérdida de humanidad.



 


Luis Felipe Polo


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OpiniónÉtica

Deja atrás lo que ya no te representa

Carol Contreras 2 Noviembre 2026 14:45
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Avanzar muchas veces requiere de valor para soltar aquellas cosas que ya cumplieron su propósito en nuestra vida y, aunque parece difícil y se siente mucho temor, hay ciclos que debemos cerrar, pese a las personas, emociones, situaciones, rutinas e incluso versiones de nosotros mismos que necesitamos dejar. Hay personas que llegan a nuestra vida para acompañarnos en un proceso, un proyecto, enseñarnos algo o ayudarnos a descubrir aspectos de nosotros mismos que desconocíamos. Hay emociones que debemos experimentar para crecer, mas no deben permanecer siempre; hay rutinas que funcionan para una temporada y nos ayudan en la construcción de nuestra mejor versión. Hay hábitos que debemos cuestionar, pensamientos que necesitamos transformar. ¿Cómo reinventarnos sin seguir aferrados a todo lo que pertenece a nuestra versión anterior?

· Avanza aun con miedo: cambia de rumbo, establece otros hábitos; crecer significa atreverte a caminar incluso cuando no tienes todas las respuestas.
· Despídete de lo que no conecta con tu esencia: suelta aquello que ya no te representa.
· No confundas lealtad con permanencia: no tienes que quedarte en lugares, relaciones o situaciones solo porque alguna vez fueron importantes.
· Tu imagen evoluciona contigo: date permiso de cambiar, renovar tu estilo y conectar con la nueva versión de ti que estás construyendo. Tu imagen acompaña tus emociones, proyectos y tu crecimiento.

No todo lo que dejamos atrás representa una pérdida; algunas despedidas son necesarias para abrir espacio a nuevas oportunidades. Recuerda que en los pequeños detalles está el poder de tu imagen.


Carol Contreras

Coach de Imagen


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Favorece tu bienestar emocional

Silvia Morales Paniagua 2 Noviembre 2026 12:00
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Nuestra mente es el campo de batalla en el que se puede salir ileso o, todo lo contrario, lesionado o muerto. No se trata de negar la realidad de las cosas; se trata de mirar la vida desde la verdad, teniendo claro que no hay verdades absolutas, porque lo que para mí resulta muy efectivo o una buena respuesta, para otras personas no lo es.

Con frecuencia perdemos energías y tiempo entretenidos en pensamientos que quizá no lleguen a concretarse. Está comprobado que aquello en lo que permanecemos influye en cómo nos sentimos y cómo actuamos. Filipenses 4:8 nos invita a dirigir la mente hacia lo verdadero, lo justo y digno de alabar, exhortándonos a pensar con intención, porque hay pensamientos que no merecen nada de atención.

La mente no fue diseñada para responder a todo estímulo externo. Aprender a enfocar la atención en lo que realmente importa puede traer más claridad y descanso.

Por ejemplo, no podemos cambiar la opinión de alguien acerca de nosotros. Mantener el enfoque en su opinión o rumiar sobre lo que cree o piensa de nosotros puede alterar cómo nos sentimos o cómo pensamos; vale la pena, entonces, meditar, detenerse, observar y volver a la verdad, principalmente si aquella opinión no es cierta.

No todo lo que la mente dice es verdad. Recuerda que aquello con lo que alimentas tu mente influye en cómo vives. No se trata de nunca tener pensamientos negativos; se trata de aprender qué hacer con ellos.

Renovar la mente implica cuestionar ideas viejas o paradigmas y confrontarlos con la verdad de Dios, lo que permitirá cultivar una mente más esperanzadora.

Nuestro bienestar emocional se reduce a la facultad que tiene el poder de nuestro pensamiento con intención. Aprender a relacionarnos mejor con lo que pensamos fortalece la regulación emocional, trayendo consigo paz.

Recuerda que en la vida todo tiene sentido.


Silvia Morales Paniagua

Docente de nivel primario y básico con Especialidad en Ciencias Naturales. Licenciada en Administración Educativa y Magíster en Educación Superior.


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El que se ama es feliz

P. Orlando Pérez 31 Octubre 2026 07:00
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Como se sabe, la ley judía tenía 613 mandamientos, por lo que es lógico que, en Mt 22, 34-40, un doctor de la ley le pregunte a Jesús cuál de esos mandamientos es el más importante. Y Jesús le responde: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. El segundo es: amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Dt 6,4). La práctica de la verticalidad y horizontalidad del amor depende del amor a uno mismo. Es imposible amar a Dios y al prójimo si no nos amamos. Estoy consciente de que el amor es un don de Dios, es una virtud teologal, es decir, Dios nos da el amor de forma gratuita. Pero si en mí hay demasiado odio y envidia, el amor no puede producir buenos frutos.

La manera de demostrar que amamos a Dios con el corazón, alma y mente es amarnos, amar a los otros, a los próximos, a los que de alguna manera comparten su vida conmigo. El verdadero amor a Dios se refleja en el modo en que amamos, cuidamos y nos preocupamos de los demás. El amor a Dios se expresa en el respeto por el otro, en la obediencia mutua y en una caridad constante. Por eso, San Juan de la Cruz dice que “en el ocaso de la vida seremos examinados en el amor”. La vida se nos es dada para que amemos. El día que en la sociedad y en la Iglesia los hombres y las mujeres nos amemos más, habrá más felicidad. Si usted ama, es feliz. Si usted odia, es infeliz. Hagamos realidad este deseo de Cristo en donde estemos todos los días.

Cuando de verdad se ama, entonces no se hace sufrir a nadie. Cuando realmente amamos, no se explota ni oprime a nadie. Todos estamos invitados a convertirnos en instrumentos de amor y nunca en instrumentos de sufrimiento, opresión y explotación. El mundo está lleno de sufrimiento, opresión y explotación porque sus líderes no lo aman. No hay que olvidar que toda acción tiene una consecuencia: “No hagas sufrir ni oprimas al extranjero... no explotes a las viudas y a los huérfanos… mi ira se encenderá, te mataré a espada, tus mujeres quedarán viudas y tus hijos, huérfanos” (Ex 22, 20-26). Dios se da cuenta de nuestras maldades y tarde o temprano pagaremos las consecuencias de nuestras acciones. Recordemos que el que mal hace, mal acaba.

Cuando en una comunidad cristiana sus miembros se aman, esa comunidad se convierte en ejemplo de vida para las demás. La comunidad de Tesalónica había imitado el ejemplo de vida de Jesucristo y de Pablo, había aceptado la palabra de Dios, había llegado a ser ejemplo de vida para los creyentes de Macedonia y Acaya y, por eso, Pablo la alaba (1Tes 1, 5-10).

Toda comunidad humana está invitada a convertirse en modelo de amor y de entrega para las demás. Es lamentable que muchas comunidades cristianas no amen a Dios, sino que amen sus propios intereses. Aman a sus imágenes, aman al dinero y a las cosas materiales. Invierten grandes cantidades de dinero en contratar a grupos musicales en honor a sus patronos, pero su vida dice otra cosa y nada tiene que ver con las virtudes de sus patronos.


P. Orlando Pérez

Sacerdote católico, Licenciado en Teología, Licenciado en Psicología General, catedrático universitario, con una maestría en Docencia Superior Universitaria.


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El que se ama es feliz

P. Orlando Pérez 31 Octubre 2026 07:00
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Como se sabe, la ley judía tenía 613 mandamientos, por lo que es lógico que, en Mt 22, 34-40, un doctor de la ley le pregunte a Jesús cuál de esos mandamientos es el más importante. Y Jesús le responde: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. El segundo es: amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Dt 6,4). La práctica de la verticalidad y horizontalidad del amor depende del amor a uno mismo. Es imposible amar a Dios y al prójimo si no nos amamos. Estoy consciente de que el amor es un don de Dios, es una virtud teologal, es decir, Dios nos da el amor de forma gratuita. Pero si en mí hay demasiado odio y envidia, el amor no puede producir buenos frutos.

La manera de demostrar que amamos a Dios con el corazón, alma y mente es amarnos, amar a los otros, a los próximos, a los que de alguna manera comparten su vida conmigo. El verdadero amor a Dios se refleja en el modo en que amamos, cuidamos y nos preocupamos de los demás. El amor a Dios se expresa en el respeto por el otro, en la obediencia mutua y en una caridad constante. Por eso, San Juan de la Cruz dice que “en el ocaso de la vida seremos examinados en el amor”. La vida se nos es dada para que amemos. El día que en la sociedad y en la Iglesia los hombres y las mujeres nos amemos más, habrá más felicidad. Si usted ama, es feliz. Si usted odia, es infeliz. Hagamos realidad este deseo de Cristo en donde estemos todos los días.

Cuando de verdad se ama, entonces no se hace sufrir a nadie. Cuando realmente amamos, no se explota ni oprime a nadie. Todos estamos invitados a convertirnos en instrumentos de amor y nunca en instrumentos de sufrimiento, opresión y explotación. El mundo está lleno de sufrimiento, opresión y explotación porque sus líderes no lo aman. No hay que olvidar que toda acción tiene una consecuencia: “No hagas sufrir ni oprimas al extranjero... no explotes a las viudas y a los huérfanos… mi ira se encenderá, te mataré a espada, tus mujeres quedarán viudas y tus hijos, huérfanos” (Ex 22, 20-26). Dios se da cuenta de nuestras maldades y tarde o temprano pagaremos las consecuencias de nuestras acciones. Recordemos que el que mal hace, mal acaba.

Cuando en una comunidad cristiana sus miembros se aman, esa comunidad se convierte en ejemplo de vida para las demás. La comunidad de Tesalónica había imitado el ejemplo de vida de Jesucristo y de Pablo, había aceptado la palabra de Dios, había llegado a ser ejemplo de vida para los creyentes de Macedonia y Acaya y, por eso, Pablo la alaba (1Tes 1, 5-10).

Toda comunidad humana está invitada a convertirse en modelo de amor y de entrega para las demás. Es lamentable que muchas comunidades cristianas no amen a Dios, sino que amen sus propios intereses. Aman a sus imágenes, aman al dinero y a las cosas materiales. Invierten grandes cantidades de dinero en contratar a grupos musicales en honor a sus patronos, pero su vida dice otra cosa y nada tiene que ver con las virtudes de sus patronos.


P. Orlando Pérez

Sacerdote católico, Licenciado en Teología, Licenciado en Psicología General, catedrático universitario, con una maestría en Docencia Superior Universitaria.


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Obstáculos externos para practicar deporte

La cercanía con la terminal de buses y el mercado ha generado una dinámica complicada, las ventas se han extendido casi hasta la entrada del Complejo.

Vilma del Rosario Xicará 30 Octubre 2026 15:40
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El Complejo Deportivo de Quetzaltenango debería ser un espacio de encuentro, salud y formación para la niñez, juventud y atletas de nuestro municipio. Sin embargo, llegar a sus instalaciones se ha convertido, cada día, en una carrera de obstáculos que poco tiene que ver con el deporte.

La cercanía con la terminal de buses y el mercado ha generado una dinámica complicada, las ventas se han extendido casi hasta la entrada del Complejo, reduciendo el espacio peatonal y creando condiciones inseguras para quienes ingresan o salen; a ello se suma que buses y microbuses permanecen detenidos esperando pasaje sobre la vía contigua a la acera del complejo, dejándola prácticamente inutilizable.

Como consecuencia, la circulación se concentra en una sola vía, la ubicada a la par del arriate, esta permanece congestionada durante buena parte del día, y los conductores difícilmente ceden el paso a los vehículos que intentan salir del parqueo del complejo deportivo. Varios atletas no logran ingresar con facilidad, mientras que niños y adolescentes deben descender de los vehículos y buses en medio del tráfico para caminar hasta la entrada, esa situación representa un riesgo que no debería normalizarse.

El problema se agrava con el gran agujero en el asfalto de la única vía libre, parece un cráter y resulta difícil esquivarlo, pues el carril contiguo suele estar ocupado por los buses; esta avenida no tiene muchos años de haber sido asfaltada, por lo que su deterioro obliga a cuestionar la calidad de la obra y la falta de mantenimiento oportuno.

Las autoridades municipales, de tránsito y quienes administran el entorno comercial deben coordinar soluciones reales: ordenar las paradas de transporte, respetar los accesos, recuperar la acera y reparar de inmediato la carpeta asfáltica. El Complejo Deportivo merece accesos seguros, fluidos y dignos para quienes llegan a entrenar, competir y utilizar sus instalaciones.


Vilma del Rosario Xicará

Con más de 20 años de experiencia en finanzas, auditoría pública, impuestos y rendición de cuentas. Docente universitaria, Contadora Publica y Auditora, y Dra. en Auditoría Gubernamental y Rendición de Cuentas y Transparencia en la función pública.


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OpiniónDeporte

Obesidad, sobrepeso y su impacto en nuestra vida sexual

Es importante consultar a tiempo para evitar entrar en un cuadro de disfunción sexual, por no atender tempranamente algunos síntomas que podamos presentar.

Sara María Mendoza G. 30 Octubre 2026 12:38
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¿Alguna vez hemos pensado que el sobrepeso puede afectar algo más que nuestra salud cardiovascular, nuestras articulaciones o nuestros niveles de glucosa? También puede influir en nuestra vida sexual, en la manera en que nos relacionamos con nuestro cuerpo y, especialmente, en cómo disfrutamos de la intimidad.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) reportó que, en 2025, aproximadamente 2,800 millones de adultos vivían con sobrepeso y, de ellos, 940 millones tenían obesidad. Esto representa al 45% de la población adulta mundial con sobrepeso y al 16% con obesidad. Son cifras que nos invitan a mirar esta condición más allá de la estética: estamos frente a un importante problema de salud pública.

La obesidad puede alterar el equilibrio metabólico y hormonal, favorecer la resistencia a la insulina, afectar la circulación sanguínea y aumentar el riesgo de enfermedades cardiovasculares. Todos estos factores pueden repercutir en la respuesta sexual.  En las mujeres, pueden presentarse alteraciones del ciclo menstrual, dificultades en la ovulación, cambios hormonales y, en algunas circunstancias, disminución del deseo sexual. En los hombres, la obesidad se relaciona con mayor riesgo de disfunción eréctil, alteraciones metabólicas y disminución de los niveles de testosterona.

Sin embargo, hay una dimensión que pocas veces abordamos en la consulta: la emocional.  El sobrepeso puede modificar la percepción que tenemos de nuestro cuerpo. Algunas personas sienten vergüenza al desvestirse, evitan los encuentros íntimos, temen ser juzgadas o dejan de sentirse atractivas. A esto se suma el cansancio, la ansiedad, la depresión y el estigma social. Poco a poco, la intimidad puede convertirse en un espacio de inseguridad en lugar de ser un espacio de conexión y placer.

Y aquí quiero detenerme en algo importante: el deseo sexual no desaparece por tener sobrepeso, ni la belleza, la sensualidad o el derecho al placer dependen de una talla. No debemos confundir una condición médica con el valor de una persona. La sexualidad es una expresión integral de nuestra salud. Requiere bienestar físico, emocional, confianza, comunicación y libertad. Por eso, cuando hablamos de tratar la obesidad, también debemos hablar de recuperar calidad de vida, movilidad, autoestima y bienestar sexual. Es importante consultar a tiempo para evitar entrar en un cuadro de disfunción sexual, por no atender tempranamente algunos síntomas que podamos presentar.


 


Sara María Mendoza G.

Experta en sexualidad, derechos sexuales y reproductivos. Médica General, con especialidad en Ginecología y Obstetricia. Tiene una Maestría en Sexualidad Humana.


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OpiniónSexualidad

Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

P. Orlando Pérez 24 Octubre 2026 07:00
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El pasado domingo 18 de octubre de 2026 se celebró en la Iglesia la Jornada Mundial de las Misiones. Y este año el papa León dice: “Para la Jornada Mundial de las Misiones de 2026, que marca el centenario de esta celebración, instituida por Pío XI y tan querida por la Iglesia, he elegido el tema Uno en Cristo, unidos en la misión. Después del Año jubilar, deseo exhortar a toda la Iglesia a continuar con alegría y celo en el Espíritu Santo el camino misionero, que requiere corazones unificados en Cristo, comunidades reconciliadas y, en todos, disponibilidad para colaborar con generosidad y confianza”.

Estas ideas del papa León nos invitan a reflexionar sobre el papel que estamos desempeñando en la misión que se nos ha encomendado desde el bautismo, tanto consagrados como laicos. Cada uno pregúntese: ¿cuáles son mis motivaciones profundas para trabajar por el reino de Dios? ¿Qué me motiva? ¿Qué me mueve? ¿Me mueve el poder, el prestigio, la fama, el dinero? Reflexionemos sobre nuestras motivaciones.

En Is 45, 1. 4-6, el Señor le habla a Ciro: “Por amor a Jacob, mi siervo, y a Israel, mi escogido, te llamé por tu nombre… para que todos sepan que no hay otro Dios fuera de mí”. La motivación para estar en la Iglesia y ser Iglesia es personal. Dios me ha llamado para ser misionero en mi familia, en mi grupo, en mi comunidad. Y el que me debe motivar a evangelizar es Dios mismo. Todo hay que hacerlo por él y para Él.

Dios nos ha elegido para ser sus discípulos. Pero ¿qué tipo de misionero soy? ¿Soy como los fariseos que aprovechan sus reuniones para tramar trampas en contra de Jesús? Dice el Evangelio de hoy: “Se reunieron los fariseos para ver la manera de hacer caer a Jesús, con preguntas insidiosas, en algo de que pudieran acusarlo” (Mt 22, 15-21). Nosotros no desperdiciemos el tiempo en estar planeando trampas para hacer caer a nuestros hermanos. Aprovechemos ese espacio para evangelizar, para aconsejar, para hacer obras de caridad.

Los verdaderos misioneros tenemos que estar atentos siempre para darle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Ya san Agustín de Hipona afirmaba: “El César busca su imagen, dénsela. Dios busca la suya: devuélvansela”. El César es el Estado. Hay que darle al Estado lo que es del Estado: pagar impuestos y cumplir las leyes fiscales.

Hay que darle a Dios lo que es de Dios: practicar los sacramentos y los diez mandamientos. Hay que hacer oración y hacer obras de caridad. Los cristianos tenemos la responsabilidad de ser “buenos cristianos y honrados ciudadanos” (San Juan Bosco).

Es decir, el Estado y la Iglesia son diferentes, puesto que nuestra misión es diferente. Ellos deben cumplir su responsabilidad de velar siempre por el bien común, garantizar la vida desde la concepción hasta la muerte natural, etc. Y nosotros tenemos que hacer bien lo que nos corresponde a través del trabajo que hacemos todos los días. Cuando un político se aparta de Dios, entonces surge el robo, la avaricia y la corrupción. Cuando dentro de la Iglesia nuestra prioridad no es Dios, sino otras cosas, nos convertimos en cristianos falsos.

Que Dios ilumine para que todos integremos a Dios a nuestra vida y que nuestras acciones coincidan con la fe que profesamos.


P. Orlando Pérez

Sacerdote católico, Licenciado en Teología, Licenciado en Psicología General, catedrático universitario, con una maestría en Docencia Superior Universitaria.


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